Alma desnuda - fragmento


fragmento Capitulo I


Ángela bajó las escaleras, y cuando abrió la puerta, la recibió un sol resplandeciente, las calles tenían la luminosidad de los primeros días de la primavera, y por las ventanas de las casas se liberaba el aroma a café recién hecho. La rutina diaria volvía a iniciar.

Entró a la estación de metro para esperar el próximo tren, que como todas las mañanas venía saturado de pasajeros como camión de ganado vacuno. Por suerte, esa mañana pudo ocupar un asiento, sacó del bolso el periódico gratuito que repartían todas las mañanas en la boca de metro. Empezó a hojear por la última página, porque no toleraba las portadas amarillistas que más que periódico parecían carteles de una banda de rock urbana anunciando su próxima presentación en un garito de La Latina.

La mayoría de los pasajeros habían bajado después de media hora de trayecto, el vagón empezaba a vaciarse. Al despejarse el tumulto,detuvo su mirada en el hombre que tenía enfrente, le parecía una cara conocida, pero no sabía quien era o donde lo había visto anteriormente. La exasperaba esa sensación de impotencia. El hombre estaba soberanamente sentado leyendo "El País" con un maletín de piel en su regazo. Ángela no se atrevía a preguntar si se conocían de algún sitio para no ser imprudente o pensara que estaba loca. Optó por hacer su acostumbrado psicoanálisis y de esa manera hacerse una idea quien o a que se dedicaba aquel hombre de ojos marrones acaramelados y mirada suave.

Tenía apariencia de ser cuarentón, su barba minuciosamente recortada, un rasgo que Ángela encontraba terriblemente irresistible, su piel morena perfectamente bronceada, cabello castaño, la nariz en perfecta armonía con la madurez de su rostro. Sus manos eran largas y varoniles, parecía que acariciaba el periódico de una manera insinuante o al menos era lo que ella se imaginaba, debido a su inactiva vida sexual, su libido se alteraba ante algo que le resultase provocador. En ocasiones disimulaba sacar algo del bolso para que él no percibiera su mirada indecorosa. Sin embargo, él permanecía leyendo el periódico con una actitud ferviente y religiosa.

De una manera abrupta la grabación de la próxima estación, la hizo caer de sus especulaciones mentales y despertó del letargo. Se levantó del asiento y antes de abrirse las puertas, atisbó la última mirada, anhelando que sus miradas se cruzaran, pero fue un intento fallido. El recuerdo de aquel hombre deambuló en su mente por el resto del día.

1 comentarios:

Unknown dijo...

Hola hola :)

El metro es fascinante. Para bien y para mal. Odio el metro y lo quiero. A veces me gustaría acabar con el. Esta historia... como la vida. Muchas veces habrá pasado. Me gusta por eso. Pero mejor la barba agreste :p




Pd. Me parecen muy interesantes las dos entradas anteriores.

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